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Córdoba es la capital de la provincia de Córdoba, Argentina. Con sus 576 km² es la ciudad más grande de Argentina. Además, es la segunda más poblada con 1 565 250 habitantes.[2] En su área metropolitana viven 2 198 232 personas que la conforman otras ciudades como Villa Allende, La Calera, Malagueño, Malvinas Argentinas, entre otras. Se sitúa en la región central a orillas del río Suquía o Primero. También es conocida como La Docta o La Ciudad de las Campanas
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Tandil lugar soñado
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Azul una ciudad perfecta
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Azul es una ciudad argentina ubicada en el interior de la provincia de Buenos Aires. Cabecera del partido de Azul, está ubicada a 100 kilómetros al oeste de la ciudad de Tandil, y 300 kilómetros al sudoeste de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Limita con los partidos de Tandil, Rauch, Olavarría, Tapalqué, Benito Juárez y Las Flores. Se sitúa en el centro geográfico de la provincia. Su red vial sirve de conexión con diferentes puntos del país, ya que está enlazada con las Rutas Nacionales 3, 226 y la ruta provincial 51. El clima es templado y húmedo. Se cultivan cereales y se crían bovinos.[1]
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“Todo el mundo quería estar”: las míticas piletas de Mar del Plata que reunieron a famosos y terminaron enterradas bajo una plaza

Pocos saben que donde hoy se extiende la Plazoleta de las Américas, entre la Playa Popular y La Perla, estuvo uno de los complejos más emblemáticos de Mar del Plata. Donde ahora hay césped y algunos bancos funcionaron durante décadas tres enormes piscinas de agua salada. Por allí pasaron deportistas, artistas y periodistas; transmitieron radios y canales de televisión, y cientos de familias encontraron durante los veranos una alternativa al viento y al oleaje de la playa. Sin embargo, la historia de las piletas empezó mucho antes.
A mediados del siglo XIX, antes de la fundación de Mar del Plata, en esa zona funcionaban el saladero de Coelho de Meyrelles, algunos galpones y un pequeño muelle. Con el tiempo, Punta Iglesia -así llamaron a la zona- se convirtió en el primer núcleo portuario de la región.
En 1918, cuando la actividad ya se había desplazado hacia el nuevo puerto, el ingeniero italiano Vicente Lavorante obtuvo la concesión del antiguo muelle y decidió transformar el lugar en un complejo turístico. Aprovechó los subsuelos de aquellos galpones para construir una piscina de agua de mar de unos 20 metros de ancho por casi 100 de largo. También sumó un bar, vestuarios y espacios para actividades deportivas. Así nació la Pileta Lavorante. Y fue un éxito.
Pero los sucesivos temporales dañaron las instalaciones y Lavorante se alejó del proyecto. La Municipalidad reconstruyó el lugar como pileta pública y gratuita, hasta que un temporal, el 18 de marzo de 1950, volvió a causar grandes destrozos y el emprendimiento fue abandonado.
Recién dieciséis años después, las piletas volvieron a abrir. Albano y Tito Giaccaglia se asociaron con el abogado platense Máximo “Lolo” Von Kotsch y obtuvieron la concesión. Para Lolo, ese proyecto terminó convirtiéndose en la obra de su vida.
Eric, su hijo, tenía nueve años. Desde entonces pasó todos los veranos en Mar del Plata. Ahora, más de medio siglo después, reconstruye junto a LA NACION los años de esplendor de aquellas piletas, recuerda a las figuras que pasaron por el complejo y revela el final que lo mantuvo lejos de la ciudad durante décadas. De aquél mundo que describe, ya no queda nada a la vista. “Ahora hay que imaginarlo todo”, dice.
El abogado que se metió “de cabeza”
-Antes de hablar de las piletas, ¿quién era tu padre, Máximo “Lolo” Von Kotsch?
-Mi padre fue un gran resiliente. Nació en Cipolletti, pero se crio en La Plata. No conoció a su madre y perdió a su padre cuando tenía 13 años. Quedó al cuidado de una tía y más tarde se fue a vivir a una pensión de estudiantes. Estudió Derecho y nunca se quejó de nada. Siempre decía: “Víctimas, no quiero”. Conoció a mi mamá cuando él tenía 17 años y ella, 15. Siempre digo que es difícil ser padre y amigo, pero él lo logró: cuando era padre, era padre; cuando era amigo, era amigo.
-Tu padre era abogado y vivía en La Plata. ¿Cómo llegó a involucrarse en las piletas de Mar del Plata?
-Nosotros veraneábamos siempre en Mar del Plata. Papá tenía una casa y alquilaba una carpa en el balneario Pueyrredón, en Playa Grande. Los concesionarios eran Albano y Tito Giaccaglia. Se hicieron amigos de papá y le propusieron presentarse juntos a la licitación de las piletas de Punta Iglesia. Los Giaccaglia tenían una larga historia en los balnearios; mi padre, en cambio, no sabía nada del negocio. Pero lo convencieron y se metió de cabeza. La licitación empezó alrededor de 1964 y el complejo volvió a abrir en 1966. Las piletas llevaban años abandonadas: no tenían ni motores. Hubo que ponerlas nuevamente en condiciones. Los Giaccaglia permanecieron dos o tres años y después se retiraron porque vieron que no era un gran negocio. Mi padre siguió solo.
-¿Cómo eran aquellas primeras piletas?
-Eran tres. Había una pileta olímpica de 50 metros; otra de saltos ornamentales, de unos 30 metros de largo y seis de profundidad; y una para chicos, que nosotros llamábamos “la pileta chiquita”, aunque tenía 30 metros de largo por 20 de ancho y entre 30 y 40 centímetros de profundidad. Todas se llenaban con agua tomada directamente del mar. En aquel momento no había sombrillas ni reposeras: la gente pagaba la entrada para bañarse y pasar el día. Todos los inviernos el mar las rompía porque no había una defensa suficiente. Había que rehacer baldosas y reparar las estructuras una y otra vez.
Volver a empezar
-Luego tu padre ganó una nueva licitación y proyectó una transformación mucho más ambiciosa. ¿Qué quería construir?
-Sí, en 1974. Papá quería hacer algo de lujo en Mar del Plata. Había viajado a Mallorca y visto el nivel de los servicios que se ofrecían afuera. En Mar del Plata, en cambio, todavía eran muy básicos. El proyecto incluía grandes vestuarios, sala de masajes, restaurante, bar, gastronomía y 78 sombrillas. Ya no eran solamente tres piletas... Por eso agregó la palabra “complejo” y el lugar pasó a llamarse Complejo Piletas Punta Iglesia.
-Pero en diciembre de 1976 tu padre fue secuestrado. ¿Qué recordás de ese tiempo?
-El 13 de diciembre de 1976 los militares se lo llevaron. Estuvo desaparecido durante nueve meses y buena parte de ese tiempo permaneció como NN. Nosotros sabíamos que se lo habían llevado, pero no dónde estaba. Después pudimos reconstruir parte de su recorrido, aunque nunca supimos bien por qué lo secuestraron. Un coronel llegó a decirle a mi mamá: “Su marido es un abogado muy hábil y puede interferir en mis investigaciones. Va a salir cuando yo quiera”. El subcomisario Bulacio le salvó la vida: lo sacó del pozo donde lo tenían y lo llevó a su habitación en la comisaría. No podíamos contar nada porque, si lo hacíamos, también podían hacerlo desaparecer a él.

-¿Qué ocurrió con la familia y con el proyecto de las piletas durante su desaparición?
-Mi padre era un profesional independiente y, cuando desapareció, se cortaron todos los ingresos de la casa. Mamá era maestra jardinera. Perdimos el auto, la casa y prácticamente todo. Ocho amigos de papá compraron nuestra casa para que no quedáramos en la calle. Además, ya había créditos y deudas contraídos para la obra de Mar del Plata. Mi hermano mayor, que tenía 23 años, se puso el proyecto al hombro junto con mi madre. Yo tenía 18.
-¿Cómo fue volver a empezar cuando recuperó la libertad?
-Cuando regresó, nos reunió a los tres hermanos en un sillón que todavía lo conservo y nos dijo: “Queremos que sepan que su padre y su madre están peor económicamente que cuando empezaron, pero los cinco tenemos salud. Es lo único que se necesita. Ahora va a pasar el tren: ¿vos te subís?, ¿vos te subís?, ¿vos te subís?”. Nos iba señalando a cada uno. Los tres dijimos que sí. Entonces dijo: “No se habla más del tema. A trabajar y a no llorar”. Y nunca más se habló.
-¿En algún momento pensó en abandonar la obra? ¿Cómo logró retomarla?
-Nunca pensó en abandonarla. De hecho, durante el encierro ideó toda la remodelación. Cuando recuperó la libertad empezó prácticamente desde cero. Era un abogado muy conocido en La Plata, pero tuvo que volver a atender en un garaje porque habíamos perdido todo. Poco a poco retomó la obra y el complejo renovado se inauguró en 1978.
Los veranos en Punta Iglesia
-¿Cómo era un día de verano en el complejo?
-Las piletas abrían a las ocho de la mañana, pero papá llegaba a las seis y media. Era el primero en llegar y el último en irse. Ordenaba las reposeras, preparaba las cosas y atendía a todo el mundo. Había 78 sombrillas y llegamos a tener alrededor de 70 personas trabajando. Si el día estaba lindo, la cantidad de gente era impresionante. Si estaba nublado, no entraba nadie, y eso generaba un desequilibrio económico enorme. Dependíamos muchísimo del clima, una semana de lluvia podía arruinar la temporada.
-Cómo hijo del dueño, ¿cuál era tu trabajo?
-Las piletas se vaciaban y limpiaban permanentemente. Yo empecé trabajando de noche en la limpieza, con los pileteros. ¡El frío que hacía! Todas las noches las vaciábamos, juntábamos la arena con pala y balde y la llevábamos con una polea hacia el mar. Mi papá me decía que tenía que empezar de abajo y, literalmente, empecé desde abajo de la pileta. Después pasé a ser carpero, jefe de carperos y finalmente llegue a manejar al personal.
Eric también tuvo un bar en la punta, Viva María. “Ahí empezó Fontova a cantar. No lo conocía nadie. Tocó cinco años en el bar, que tenía una terraza espectacular sobre el mar, aunque pocas veces se podía usar de noche por el viento”, recuerda.
-¿Cómo funcionaba la atención al público en el Complejo?
-Cuando llegabas, después de sacar la entrada en la boletería, donde mi madre se pasaba el día entero, una azafata te recibía y acompañaba hasta la sombrilla. No eran mozas, las mozas trabajaban aparte en gastronomía. Las azafatas estaban para resolver lo que necesitara el visitante. Incluso podían conseguirle entradas para el teatro u orientarlo sobre otros servicios de la ciudad. El restaurante tenía una carta en dos idiomas, porque mi padre pensaba también en los extranjeros. Recuerdo turistas suizos y visitantes acostumbrados a lugares como Mallorca que, cuando veían el viento marplatense, preferían meterse en las piletas.
-¿Quienes frecuentaban el complejo?
-Iban familias, turistas, periodistas, deportistas y prácticamente todas las figuras que hacían temporada en Mar del Plata. Mi padre no las invitaba: el lugar se había puesto de moda y venían solas. Lo gracioso es que él casi no miraba televisión, entonces cuando llegaba alguien muy famoso -se daba cuenta porque la gente miraba- él muchas veces me preguntaba: “¿Quien es?”.
Había seis sombrillas reservadas para la prensa y las figuras. Desde allí transmitían las radios y Velasco Ferrero hizo durante tres años su programa. Los domingos también se realizaban emisiones de televisión en vivo, de cinco u ocho horas, con espectáculos. “El complejo era un centro de la temporada, no solamente un lugar para nadar”, resume Eric.
-¿Que famosos recordás especialmente?
-Pasaron muchísimos. Hugo Gatti era amigo de mi padre y, además, papá había sido su abogado. Guillermo Bredeston, Nora Cárpena, Marcelo Trobbiani (que se escapaba de la concentración de Bilardo para pasar por las piletas), Susana Giménez, Raffaella Carrá, Diego Maradona, Carlos Calvo, Ricardo Darín... También estuvo Pelé con el Santos y Rock Hudson, en 1973, que era una figura mundial. Con los “galancitos” hubo tal revuelo que las mujeres que esperaban afuera rompieron los vidrios de la boletería. ¿Quiénes no vinieron? Mirtha Legrand y contrariamente a lo que se ha publicado, Gerardo Sofovich.
Entre tantos famosos, hubo dos que lograron deslumbrarlo. “No soy cholulo, pero un día vi a Vinícius de Moraes y a Toquinho en el bar y casi me muero”, recuerda. Sonia Pepe, en cambio, era una habitué del complejo. Y, según cuenta Eric, entre esas piscinas también habría comenzado el romance de Cacho Castaña y Mónica Gonzaga.
Las piletas también se convirtieron en un estudio de televisión a cielo abierto. Desde allí se emitía Show Fantástico, con música, concursos y figuras invitadas. “Los domingos se hacían programas en directo que podían durar cinco u ocho horas”, recuerda Eric.
-¿Qué lugar ocupaba tu madre dentro del complejo?
-Mi madre tuvo un papel enorme. Cuando secuestraron a mi padre, sostuvo a la familia y el proyecto junto con mi hermano. Después, durante las temporadas, estaba sentada desde la mañana temprano hasta la noche en la boletería, que para mí era el peor lugar porque no paraba nunca. Y ella siempre estaba con una sonrisa.
-¿Cuándo fue la época de oro de Punta Iglesia?
-Para mí, los años 80. Si el clima acompañaba, era impresionante. Era la época dorada del teatro, de la noche, de las discotecas y de la avenida Constitución. Desde la costa hasta la rotonda se podía tardar una hora y media debido a la cantidad de autos. Las piletas formaban parte de esa Mar del Plata en la que todo el mundo quería estar y todas las figuras pasaban, aunque fuera un rato.
El precio de sostener un sueño
-Desde afuera podía parecer un negocio extraordinario. ¿Realmente lo era?
-La gente pensaba que las piletas nos hacían millonarios, pero no era así. Mi padre no pensaba con el bolsillo y no hacía cuentas. Muchas veces el estudio jurídico, donde trabajaba mi hermano, terminaba sosteniendo el complejo. El consumo de electricidad era enorme, el mar obligaba a reparar las instalaciones permanentemente y una semana de lluvia podía dejar la temporada sin ingresos. En 1982 tuvimos que vender la casa de Alvarado 1138 para afrontar los gastos. Era la casa de nuestra vida, yo había pasado allí todos mis veranos y todavía podría dibujarla de memoria. Después alquilábamos cada año un departamento enfrente y desde el balcón veíamos todo.
-A pesar de esas pérdidas, ¿tu padre nunca pensó en dejar las piletas?
-No. Papá amaba lo que hacía, le encantaba estar ahí y no había forma de sacarlo. Nosotros también estábamos cómodos, por supuesto. Mi vida fue Mar del Plata y la pileta fue mi iglesia. Pero el esfuerzo era enorme. Papá se hacía mucha mala sangre y tuvo dos infartos. Las piletas le dieron enormes satisfacciones, pero también le costaron mucho en lo económico y en la salud.
-¿Qué recuerdos tenés de aquella casa familiar?
-Era la casa del pueblo. Venían los amigos de mis hermanos, de mis primos y los míos. Había gente durmiendo en el living, en los pasillos, en todos lados. Al mediodía se comía en dos turnos. Muchos amigos todavía me dicen: “Gracias a tus padres, yo tuve veraneo”.
El día que las piletas cerraron
-¿Por qué cerró el complejo?
-A fines de los años 80, los tres hermanos nos reunimos con papá y le dijimos: “Viejo, basta; hasta acá llegamos. No te presentes más”. Había atravesado dos infartos y el desgaste era demasiado. Además, la Municipalidad preparó un nuevo proyecto que eliminaba buena parte de lo que mi padre había construido: el bar Amici, Viva María y el restaurante. Querían volver prácticamente a las tres piletas originales y correr la línea municipal para ensanchar el paseo exterior. Fui a plantearlo y el intendente me respondió que había muchos empresarios importantes interesados y que, si mi padre no quería presentarse, no se presentara. Cuando llegó el momento, nosotros fuimos los únicos que compramos el pliego, pero finalmente decidimos no ofertar. En diciembre nos llamaron para pedirnos que tomáramos las piletas por una temporada más. Les contesté que fueran a buscar a esos empresarios importantes. Nadie las tomó y quedaron cerradas en plena temporada. Nosotros las entregamos en perfecto estado, recuerdo que hasta hice cambiar un vidrio chiquito que estaba roto en un vestuario.
-¿Qué sucedió con el predio después de la salida de tu familia?
-Quedó cerrado y empezó a deteriorarse. El primer año lo alquilaron para instalar un espectáculo con delfines en la pileta del medio, algo que hoy sería impensable. Después se fue viniendo abajo. Tiraron los vestuarios, el restaurante y otras construcciones. Donde estaba la cancha de vóley se instaló un espacio vinculado con jubilados. Años más tarde arreglaron el sector para la Cumbre de las Américas, pero ya no quedaba nada de lo que había sido el complejo. Me cuesta creer que hayan demolido todo.
-¿Tu padre llegó a ver el abandono?
-Sí, lo vio, pero nunca dijo nada. Hizo lo mismo que había hecho con otros golpes de su vida: siguió adelante. Se llevó el dolor con él. Falleció dos años después, de cáncer. A la distancia, pienso que haber dejado las piletas tuvo, al menos, algo bueno porque pude pasar con él sus dos últimos veranos de vacaciones. Toda la vida habíamos trabajado en Mar del Plata y nunca nos habíamos ido juntos ni siquiera a Santa Clara. Después del cierre, los tres hermanos alquilamos una casa con nuestras familias en Pinamar y pudimos estar todos juntos.
-¿Qué te ocurrió a vos después del cierre?
-Durante muchísimo tiempo no volví a Mar del Plata. Y eso que Mar del Plata era mi vida, había ido desde que nací, había trabajado ahí y todos mis recuerdos estaban ligados a la ciudad. El año pasado regresé. Caminé desde Punta Mogotes y fui reviviendo todo. Pasé por la casa familiar y encontré, en el mismo escalón, una piedra con números que yo había pintado de chico. Todavía estaba ahí. Me impresionó. También llamé a las personas que habían trabajado conmigo: una de las primeras boleteras, gente de Viva María, un periodista que transmitía desde las piletas y otras personas. Nos encontramos en el lugar, llevé una heladera con bebidas y nos reunimos como si las piletas siguieran ahí. Pero ahora hay que imaginarlo todo.
Aunque nada de aquel complejo permanece a la vista, Eric sostiene que parte de su estructura todavía existe bajo la plazoleta y expresa una preocupación: “Las tres piletas están tapadas y parquizadas, pero debajo hay sectores huecos. Yo conozco la estructura desde abajo porque, cuando era chico y había marea baja, me metía por ahí. El mar puede seguir erosionando esa parte. Yo se lo advertí a la Municipalidad: no alcanzaba con llenar las piletas con arena o tierra; había que demoler o reforzar correctamente la estructura inferior. No me dieron importancia. Ojalá nunca ocurra nada”.

Mucho más que las piletas
Las piletas ocuparon buena parte de la vida de Lolo Von Kotsch, pero su historia había comenzado mucho antes. En 1956, como joven abogado penalista, representó a Juan Carlos Livraga y Miguel Ángel Giunta, dos de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez. Rodolfo Walsh reconoció su intervención en Operación Masacre.
-Tu padre tuvo un papel importante en la defensa de Livraga y Giunta. Sin embargo, nunca quiso hablar públicamente de su actuación. ¿Qué te contó sobre esa etapa?
-Yo lo conocí a Livraga hace unos años. Vino a mi casa. La historia que me contó fue exactamente la misma que me había contado mi padre. No había un punto ni una coma diferente. Mi padre nunca quiso sacar provecho de eso. Cuando una periodista quiso hacerle una nota por su participación en Operación Masacre, dijo que no. Él no les había cobrado ni quería explotar su historia. Era así. En La Plata todavía me preguntan: “¿Vos sos algo de Lolo?”. Si alguna vez escribo sobre mi padre, el título debería ser ese: “¿Qué sos de Lolo?”.

-¿Qué recuerdo resume lo que fue su padre?
-Con mi padre todos se portaban maravillosamente porque él no hacía nada por interés. Cuando murió, hasta el canillita que le llevaba el diario a las piletas todos los días se tomó un micro desde Mar del Plata para despedirlo en La Plata. Ese gesto muestra el respeto que mi padre tenía por todos y el respeto que todos sentían por él. En Tribunales ocurría lo mismo con los ascensoristas y los porteros. Nunca se creyó más que nadie. Por eso, tantos años después, todavía me preguntan qué soy de Lolo. Las piletas fueron una parte enorme de su vida, pero él fue mucho más grande que las piletas.
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“Mejora realmente consistente”: en julio subieron un 45% los patentamientos de maquinaria agrícola

Los patentamientos de maquinaria agrícola registraron en julio pasado una suba del 45% respecto del mes anterior, según un relevamiento de la Asociación de Concesionarios de Automotores de la República Argentina (Acara).
De acuerdo con la entidad, que midió patentamientos de cosechadoras, pulverizadoras y tractores, el acumulado de 2026, esto es enero-julio, exhibió un incremento del 0,9% versus el mismo lapso de 2025. Vale recordar que hubo meses con importantes fluctuaciones que influyeron en el balance final. Expoagro, por ejemplo, fue un disparador en ventas en marzo pasado, situación que no se repitió fuera de la muestra.
En detalle, entre los equipos mencionados en julio último se patentaron 696 unidades. En tanto, el total de enero-julio ascendió a 3999 máquinas. ”Julio deja de ser solo un rebote mensual y pasa a ser el primer mes con una mejora realmente consistente: crecen los tres productos contra junio y el total vuelve a quedar levemente por encima del acumulado 2025″, apuntó Acara.

Por productos, en julio último en cosechadoras se registró una suba del 95,3% en los patentamientos, a 84 unidades. Las cosechadoras son los productos de mayor valor y vienen sosteniendo el año. “Es el segmento que mejor sostiene el año: no solo crece fuerte en julio, sino que consolida un acumulado positivo de dos dígitos. La renovación tecnológica aparece más visible en cosecha, aunque sigue concentrada en decisiones puntuales y con fuerte sensibilidad al financiamiento”, señaló. En el acumulado del año este segmento tuvo, con 536 equipos, un incremento del 14,2%.
Sobre los tractores, Acara indicó que el mes pasado se patentaron 546 unidades, una mejora del 39,3%. “Tractores deja de mostrar una caída acumulada relevante y pasa a estar casi en equilibrio con 2025. De todos modos, sigue siendo el segmento donde más pesa la competencia por precio, la presión de importados y las posibles distorsiones entre mercado real y patentamientos formales”, detalló. En lo que va del año se patentaron 3090 unidades, una retracción del 0,01%.
En tanto, en cuanto a pulverizadoras, en julio se registraron 66 patentamientos, un salto del 46,7%. “El segmento también mejora con fuerza frente a junio, pero sigue siendo el más atrasado del año. La atomización continúa alta y la competencia entre fabricantes nacionales y marcas globales obliga a sostener propuestas integrales de tecnología, financiación, respaldo y postventa”, indicó. En el acumulado del año este segmento muestra una caída del 8,1%, con 351 equipos.

En este contexto, sobre el sector en general Acara señaló que “la demanda existe, pero necesita estímulos concretos para aparecer. Financiación, canje, promociones, ferias, disponibilidad y velocidad de aprobación siguen siendo parte central del producto, no simples herramientas accesorias”.
Agregó: “Para concesionarios y terminales, el mensaje estratégico no cambia aunque julio haya sido mejor: disciplina de inventario, gestión profesional de usados, postventa fuerte y financiación competitiva. El mercado puede reaccionar, pero todavía no justifica euforia de stock ni estructuras”.
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Paula Pareto, a 10 años de su histórica medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016: por qué se convirtió en un ícono
A Paula Pareto la historia le pertenece. Y le pertenece no solo porque la escribió ella misma, de puño y letra con la tinta de su más auténtica esencia, sino porque ya la trascendió desde la metamorfosis del legado eterno.
Hay una foto de Diego Maradona que es muy icónica y recorre el mundo hasta hoy en los sitios retros o más nostálgicos que le rinden homenaje: es él, asomándose por el túnel en la cancha de Napoli en 1984 para su presentación como nuevo jugador y de fondo 80 mil hinchas esperándolo. El público casi no se ve en la escena. Lo que impacta es él, en el centro, las luces, las cámaras y decenas y decenas de fotógrafos intentando capturar la mejor foto del 10. Iluminado como un enviado, su figura de 1.65 metro, es tan grande como un sol. Y hay una foto, 32 años después, que no es en Napoli, no circula en ningún sitio retro ni es fácil de encontrar, pero se liga a aquella y está tan nítida en la memoria y en el relato de Paula Pareto, que no es necesario buscarla, porque ella la describe a la perfección. Es la Peque de 1.48, encerrada ante decenas de periodistas y fotógrafos en un lugar de Río de Janeiro, incluso con su entrenadora Laura Martinel sosteniendo los micrófonos de los que están más atrás. En distintos tiempos y espacios surge un denominador común: cuando la historia se está haciendo carne, subyace así, sin vueltas y nadie se la quiere perder. Entre los dos registros existe otra coincidencia: el corazón es celeste y blanco.
Hace 10 años, el 6 de agosto de 2016, Paula Pareto se convirtió en la primera mujer argentina en conseguir una medalla dorada en unos Juegos Olímpicos, los de Río de Janeiro, los primeros que se realizaron en Sudamérica. Para ella, judoca (lo consiguió en la categoría hasta 48 kilos), tocar el cielo con las manos significó mucho más que eso. No lo sabía entonces, cuando el éxtasis de la gloria nublaba la mente ante tantas emociones. Aquello estaba lejos de ser una culminación de un proceso. Porque lo que vino después de la mano de Paula es aún más grande. Se convirtió en un ícono de reconocimiento diario y de influencia transversal.
Ese día, en el Arena Carioca 2 de la Ciudad Maravillosa, el primero de competencia oficial después de la Ceremonia de Apertura en la que el basquetbolista Luis Scola portó la bandera argentina delante de una de las delegaciones más numerosas de la historia albiceleste (213 deportistas), llegó la primera gran alegría para el país y el presagio de unos Juegos formidables: el oro de Paula. En la final venció a la coreana Jeong Bo-kyeong por waza-ari. Se celebró en Río y en toda la Argentina. Esa medalla esperada, siempre difícil para un deportista nacido en estos lares, sobre todo si es amateur, y con una protagonista tan querida, fue una fiesta de alegría que abarcó incluso a los que no sabían (y tal vez no sepan hasta hoy) qué era un ippon o un katame-waza. Unos días después, Cecilia Carranza Saroli también lo lograría en vela, en Nacra 17 junto a Santiago Lange, leyenda de su deporte y Los Leones alcanzarían lo más grande del hockey, el oro olímpico. Juan Martín Del Potro, con otro capítulo cinematográfico de su carrera, aportaría la restante medalla de esa edición, la de plata en tenis. Desde Londres 1948, que la Argentina no tenía una cosecha tan fructífera. Río son aún hoy los mejores Juegos albicelestes en casi 80 años.
La Peque, oriunda San Fernando, Buenos Aires, tenía entonces 30 años y dos experiencias olímpicas en la mochila. La primera, la de Beijing 2008 fue un cimbronazo. Porque en su estreno en la máxima cita multidisciplinaria del planeta ya se subió al podio y se colgó una medalla de bronce. Entonces, lo que consiguió Paula del otro lado del mundo, fue una auténtica revolución, no solo para su deporte, “chiquito” al lado de otros y sin tanta implicancia mediática. Una revolución que cuatro años después, en Londres 2012, se cargó de expectativas propias y ajenas tan grandes que no subir al podio (pese a obtener diploma) fue para Paula de una tristeza inconmensurable. Sin embargo, cuando procesó todo eso se fortaleció y junto a su entrenadora pusieron un nuevo faro: Río. Ganar el oro en Río.
En 2015, Paula Pareto fue campeona mundial en Astaná, Kazajistán, y superó su subcampeonato del año anterior en Rusia. Luego también fue bronce en el Mundial de 2018, en Bakú. Por eso los Juegos Olímpicos de Brasil no fueron para ella ni casualidad ni golpe de suerte, sino el resultado de toda una vida buscando. La conclusión de una manera de andar, de esforzarse, de transitar la existencia. Cuenta hasta hoy Paula, que nunca quiso dejar San Fernando, que aquellos años de máximo esfuerzo fueron combustible. Por mucho tiempo sostuvo la rutina de entrenar temprano en su lugar, de irse después a la Universidad (al centro de la Capital Federal) a cursar sus estudios de medicina y de viajar después a La Plata, porque entrenaba en las instalaciones del club Estudiantes. De medianoche ya, sin importar clima ni cansancios, volvía a la estación de Retiro donde la esperaba su mamá, a veces en pijama arriba del auto y haciéndole marca personal al micro con su propio vehículo para que, una vez que Paula descendiera del primero pudiese subirse de inmediato al suyo. Todo un gesto de cuidado para su hija y de tanto amor que tenía premio: algún sanguchito de bondiola juntas en un carrito de la costanera si es que Paula venía sin comer. Al día siguiente, lo mismo. La escena no pretende ser romántica. Es una foto de la Peque. Y de por qué sus premios.
En Río de Janeiro, Paula Pareto logró lo que ninguna mujer argentina, aunque se enteró allí mismo, en ese momento en que la agobiaron los periodistas y no solo le hicieron preguntas tras su oro olímpico, sino que también le acercaron las estadísticas. Desde que Jeanette Campbell (Nació en Francia pero se nacionalizó argentina y fue la primera deportista del país en integrar una delegación) ganó la medalla plateada en natación en Berlín 1936, en los Juegos que organizó Adolf Hitler y se hicieron famosos por el desaire que le propició Jesse Owens, llegar al oro olímpico fue esquivo. Aquellas fotos de Jeanette cuentan en blanco y negro, como las de Noemí Simonetto en Londres 1948 (plata, atletismo) pero más acá en el tiempo, hasta Río, estuvieron muy cerca Gabriela Sabatini en Seúl 1988 y las Leonas, con el subcampeonato de Sídney 2000. Por eso la medalla de Paula es tan potente. Porque tal vez no sea solo suya.
Tras los Juegos Olímpicos de 2016, lejos de bajarle el telón a un ciclo o ponerle el punto final a esta historia, la Peque se dio una oportunidad más. Ya un poco disminuida físicamente por algunos problemas en las cervicales y luego de estirar un año el retiro por la pandemia, Paula se regaló la posibilidad de ir a los Juegos de Tokio 2020 que se terminaron desarrollando en 2021. No subió a ningún podio, pero tuvo un reconocimiento aún más grande. En la Ceremonia de Apertura portó la bandera de los Juegos Olímpicos como máxima representante de lo suyo por el continente americano. En esa elección primó su excelencia deportiva y su manera de vivir, pero también su compromiso con la salud en un momento tan delicado para el mundo. Es que, en el medio que se sucedía todo esto que se relata, la Peque se recibió de médica y trabajó muy activamente en plena pandemia. De nuevo, su presencia allí emocionó a todo el olimpismo argentino.

Hoy, Paula Pareto es muchas cosas: es vicepresidenta segunda del Comité Olímpico Argentino e integra también la Comisión de Atletas junto a otras glorias del deporte nacional; es miembro de la Asamblea del Comité Olímpico Internacional a título individual (de nuevo es la primera mujer argentina en lograrlo); es entrenadora de los seleccionados juveniles de judo; es médica de los equipos argentinos; médica en un hospital y consultorio propio; da charlas, viaja para capacitaciones y reuniones; encabeza proyectos solidarios; tiene un emprendimiento familiar en San Fernando que es una cafetería con comida saludable… Se entrena… Se entrena… Sigue entrenándose y sube las rutinas o recetas a Instagram donde pocas veces no se hace viral. Es muchas cosas, además de una deportista sumamente querida.

Es que, a fin de cuentas, Paula Pareto se convirtió en un ícono transversal. Porque no solo ganó medallas en su deporte o elevó la bandera argentina a lo más alto, sino que también fue (y es) ejemplo de haber roto los prejuicios de practicar un deporte “de varones”, algo que el cuestionaron desde chiquita y cuando ella era justamente eso, una chiquita que quería divertirse con sus amigos; de haber enfrentado las críticas por su cuerpo, primero diminuto, después con los músculos “demasiado marcados”. Por haberse plantado con ese mensaje de freno frente al hostigamiento que surge detrás de las pantallas y las frustraciones propias. Con su ejemplo de educación, estudiando en la Universidad Pública, entre viaje y viaje, con apuntes mezclados entre kimonos y cintas de vendaje.
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A veces, el tiempo puede desgastar a los héroes. Pero ese no fue el caso de Paula (la heroína de esta historia), que jamás necesitó estridencias para demostrar su implicancia en el deporte y en la vida. Por eso ahora, a 10 años de su gloria máxima, recobra vida ese espíritu que la representa y que la pone de nuevo, delante de la foto. Rodeada, en el centro, como foco. Porque lo que hizo no es común y el registro es necesario. También, como Maradona, aunque Diego nunca haya disputado unos Juegos Olímpicos. Como Gabriela Sabatini, como Luciana Aymar (el ícono máximo de las Leonas, cuatro veces medallista). Como Manu Ginóbili, como Santiago Lange. Como Leo Messi. Como aquellos que logran atravesar el tiempo.
Eso, dicen, se llama legado. Y Paula Pareto lo es.
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Adiós a las demoras: así es la nueva tecnología “fría” que implementa la Ciudad para tapar baches de forma exprés sin cortar el tránsito

El gobierno porteño informó que en las calles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) utilizará un nuevo material para el arreglo de baches que, a diferencia del asfalto convencional, permite reparar daños sobre la calzada de forma veloz, sin grandes despliegues de equipos.

La técnica del asfalto frío es especialmente útil para intervenciones de emergencia en zonas de alto tránsito.
Cuáles son las ventajas del asfalto frío
A diferencia del asfalto convencional, que debe producirse y transportarse a altas temperaturas y que además requiere maquinaria especializada para su colocación, el asfalto en frío puede aplicarse directamente sobre el bache a reparar sin ningún proceso previo de calentamiento. El material conserva sus propiedades de adherencia, compactación y resistencia a temperatura ambiente: esto simplifica la logística y las necesidades de equipamiento para cada intervención.
Cómo se usa el asfalto frío para cubrir baches
De acuerdo a la información provista por el gobierno porteño, el proceso de aplicación es sencillo.
“Se realiza una limpieza del área afectada, se retira el material suelto, se coloca el asfalto en frío, se nivela y se compacta con pisón manual o compactación mecánica liviana”, señala el comunicado sobre esta modalidad.
Por lo tanto, no se requiere de plantas térmicas ni maquinaria pesada; el material puede colocarse con equipos reducidos, incluso por dos personas, dependiendo de las condiciones y dimensiones del espacio a reparar. Una vez compactado el asfalto, el sector podría quedar habilitado al tránsito de forma casi inmediata.
“Es una solución eficiente que nos permite intervenir zonas de alto tránsito sin cortar la circulación, y ayuda a que la reparación impacte lo menos posible en la movilidad”, sostuvo el jefe de gobierno porteño, Jorge Macri.
“Comenzamos a utilizar asfalto en frío como parte del trabajo de mantenimiento del día a día de la Ciudad. Siempre buscamos las mejores soluciones para intervenir eficientemente y con el menor impacto posible sobre el tránsito”, afirmó Ignacio Baistrocchi, ministro de Espacio Público.

Una de las características más relevantes del material es su versatilidad: podría aplicarse sobre distintos tipos de superficies, incluidas losas de hormigón. Esto abre la posibilidad de realizar reparaciones provisorias de emergencia en corredores de tránsito pesado -como las trazas del Metrobús o el futuro Trambús- donde una intervención urgente se resolvería sin interrumpir o entorpecer el tránsito por un período prolongado.
Entre las características bajo evaluación figura también la posibilidad de aplicarlo sobre superficies húmedas y en distintas condiciones climáticas. Por otra parte, al no requerir calentamiento en ninguna etapa del proceso (ni en la producción, ni en el transporte, ni en la colocación) el material ayuda a reducir el consumo energético y las emisiones asociadas al asfalto convencional por la eliminación del proceso térmico y la simplificación logística que implica.
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